Un día como hoy hace 21 años me casé….con apagón. Efectivamente, el 1 de Junio de 1990 me casé en la capilla de María Reina en pleno apagón, cosa a la cual estábamos absolutamente acostumbrados. El cura que venía desde La Victoria no llegaba por el tráfico infernal en una Lima sin semáforos y Audrey (la novia) tenía que dar vueltas a la manzana hasta que llegara el cura. Cuando finalmente éste llegó, Audrey entró a la capilla con luces de velas y sin marcha nupcial pues no había electricidad para prender el equipo. [Nota de margen: cuando el cura acabó la breve misa y se acercó a nosotros para iniciar la ceremonia del matrimonio propiamente dicha, regresó la luz y el cura nos susurró: “Es una buena señal”].
Yo era un joven economista graduado de la Católica y creía que sabía mucho de economía. Hoy me doy cuenta que no sólo no sabía nada de economía sino además, muy poco del Perú. Había pasado la mayor parte de mi vida universitaria y adulta con toque de queda, viviendo la violencia todos los días y bañándome a menudo con un balde y una jarra pues el agua era racionada y – sobre todo en Miraflores – la presión no alcanzaba para llevar el agua al segundo piso de la casa de mi mamá. El consumo de velas era tremendo pues había apagón un día sí y otro día también. Los bombazos nos despertaban casi todas las noches y fui testigo de la bomba en el local del PPC de Miraflores (Ricardo Palma) cuando me encontraba con unos amigos en el billar del frente y tuvimos que salir corriendo en medio de la balacera entre terroristas y policías. El servicio telefónico era malísimo, las llamadas se cortaban y muchas veces te contestaba otro teléfono [Nota al margen: recuerdo que mi hermano tuvo que pagar US$ 2,500 y esperar 5 años para que la CPT le pusiera un teléfono en su casa].
Cuando nos casamos, yo tenía 24 años y Audrey, 21. Éramos un par de chiquillos llenos de ilusiones y planes para el futuro en medio de un país convulsionado con la violencia, que adolecía de enormes falencias y que presentaba las peores condiciones posibles para enfrentar los retos de formar una familia. Yo trabajaba en el Banco Central de Reserva y ganaba algo así como 700 dólares mensuales medidos al tipo de cambio de inicio del mes y que se convertían en 407 dólares medidos al tipo de cambio de fin de mes, pues en esos tiempos la moneda se depreciaba a un ritmo de 75% por mes (en mayo del 90’ ese fue el ritmo de depreciación). Los precios subían todos los días y recuerdo que el Presidente del BCR negaba que la inflación galopante que sufríamos a fines de los 80’s fuera un fenómeno monetario: “si la cantidad de dinero como proporción del PBI se está reduciendo! (Capuñay dixit). Dos meses después y con un bebé en ciernes, fui testigo del Fujishock que pulverizó mi salario al elevar la gasolina de 84 octanos de I/.21,000 a I/. 675,000 (30 veces), lo mismo que la electricidad, el teléfono y el agua (que subieron entre 20 y 30 veces), además de subidas importantes en productos como el pan francés (de I/.9,000 a I/. 25,000 el kilo ó 277%), la lata de leche (de I/.120,000 a I./330,000 ó 175%). [Nota al margen: en ese tiempo teníamos lo Intis como moneda oficial que había reemplazado al antiguo Sol de Oro y le había eliminado tres ceros].
Hoy, 21 años después creo tener la perspectiva necesaria para verificar cuánto ha cambiado el Perú. El cuadro mostrado a continuación contiene algunos pocos indicadores económicos y de bienestar que esbozan el tremendo salto que ha dado el Perú en estos 21 años:
Queda claro que el Perú de hoy es un país muy distinto – y mejor – que el que vivíamos en 1990. Esto no fue producto del azar. Sin duda, el modelo económico de las últimas dos décadas que privilegia la iniciativa privada y el rol subsidiario del Estado explica esta mejora. Este es un modelo que genera crecimiento y que ha sido capaz de reducir la pobreza a un ritmo nunca antes alcanzado en la historia moderna del país. A partir de la Constitución del 93’ se generó el ambiente para atraer la inversión privada a casi todas las actividades económicas y se redujo dramáticamente el “Estado Benefactor” prevaleciente hasta entonces. Como he dicho anteriormente, bajo el principio del “Estado Benefactor” no hay límite para la intervención del Estado pues todo puede ser definido como “sector estratégico”; el límite es la imaginación de los políticos...
Se ha sostenido que la primera vuelta electoral reflejó el clamor de los peruanos por un “cambio de modelo”. Esto es falso. Sólo el 30% votó por un cambio de modelo, mientras que el 70% restante votó por la continuidad del modelo de crecimiento. Tanto es así, que el candidato que representó ese 30% anti-sistema ahora se ha corrido al centro y “jura” (literalmente) mantener las vigas centrales del modelo para intentar atraer el voto mayoritario.
Así pues, 21 años después de mi matrimonio, con tres hijos a cuestas y viviendo cómodamente en las afueras de Washington DC, me encuentro listo para regresar al Perú, a ese Perú que es infinitamente mejor que el que existía en Junio de 1990. Y estoy convencido de que el modelo de crecimiento no será modificado sino perfeccionado con el fin de continuar reduciendo la pobreza y generar mayores oportunidades de superación para los peruanos. Eso no requiere modificar el modelo de crecimiento, sino el modelo de Estado que es el que redistribuye la riqueza y genera oportunidades.

